Hace unas semanas, revisando archivos y documentos de la Cineteca Nacional, encontré la restauración de un video que se declara como uno de los primeros registros videográficos de la historia nacional. Me pareció curioso y llamativo que aquella imagen inaugural no correspondiera a un acto solemne de Estado, ni a una escena cuidadosamente distante de la vida común, sino a algo en parte cotidiano y en parte excepcional: una celebración al son de la cueca en Playa Ancha, Valparaíso, Chile.
Una fiesta en el puerto. Un baile. Un almuerzo campestre. Un personaje popular entrando a caballo. Pañuelos al viento, cuerpos que se aproximan y se esquivan, miradas atentas al siguiente movimiento. La cueca aparece allí acompañando, casi desde el origen de nuestra memoria filmada, el andar de una ciudad que se mueve entre buques y ascensores, entre cerros y mar, entre partidas y regresos. Valparaíso, nacido hace casi cinco siglos como puerto de enlace entre extremos de un reino, convive hoy con el mundo de las tecnologías y las comunicaciones, pero mantiene en sus gestos festivos una memoria que parece resistir al paso del tiempo.
El registro corresponde a Paseo a Playa Ancha. Según el texto de la Cineteca Nacional, el 8 de enero de 1903 fueron citados a las diez de la mañana diversos representantes de la prensa porteña a un gran almuerzo en el entonces caserío de Playa Ancha. La actividad fue bautizada como una “fiesta biográfica”, organizada por la Empresa Massonnier y Cía. y animada por el popular “guaso” Rodríguez, personaje típico de la época.
El acontecimiento fue filmado por el ciudadano francés Maurice Massonnier, quien había llegado a Chile con un aparato Lumière, un Biógrafo, con el cual ya exhibía varias “vistas” en Valparaíso, nombre que en ese tiempo se daba comúnmente a las películas. Con ese mismo aparato capturó esta puesta en escena, dividida en cinco partes según informó la revista Sucesos el 16 de enero de 1903, mismo día del estreno del film en el Teatro Nacional de Valparaíso: la llegada del señor Rodríguez a caballo; una zamacueca bailada por él mismo y varias parejas; un vals; un bochinche con bofetadas y pacos; y un almuerzo campestre al aire libre.
Actualmente, Paseo a Playa Ancha es considerada la película chilena más antigua que se puede ver. Su conservación tuvo algo de providencial. Después de presentarla en los teatros de Valparaíso, Maurice Massonnier regresó a Francia llevando consigo una copia del filme. A comienzos de los años noventa, fue encontrada en archivos franceses por el restaurador chileno Daniel Sandoval, quien entregó una copia al Ministerio de Educación. En mayo de 2017, la Cineteca Nacional de Chile restauró digitalmente esta versión, en conmemoración de los 120 años del cine chileno.
Mirado desde hoy, el valor de estas imágenes no está únicamente en su antigüedad, sino en aquello que dejan ver de una ciudad y de una forma de encuentro. La cueca —nombrada también como zamacueca en el registro de la época— aparece como una gramática popular: pañuelo, giro, distancia, acercamiento, música y complicidad. Cada gesto dice algo. Cada movimiento organiza un pequeño mundo común.
El caballo trae consigo la figura típica y festiva del “guaso” Rodríguez. La danza convierte el espacio abierto en escenario. El almuerzo campestre transforma Playa Ancha en lugar de reunión. El bochinche introduce el humor, el desorden y la teatralidad de lo popular. Todo ocurre frente a la cámara, pero conserva la energía de una celebración viva, de una comunidad que se reconoce en la fiesta.
Valparaíso mantiene, más de cien años después, ese arraigo entre la cueca y la vida del porteño. La ciudad tiene un ser y sentir de puerto, hecho de tránsito, espera, memoria y permanencia. El mar trae y lleva rostros, oficios, músicas, despedidas y regresos; pero la ciudad permanece, sostenida por sus cerros como anfiteatro natural del paso del tiempo. En ella todo parece moverse, y aun así algo insiste: la tradición transmitida por quienes la vivieron, por quienes la heredaron y también por quienes la encontraron sin esperarla.
Ser de Valparaíso no siempre significa haber nacido allí. A veces se llega al puerto y se queda marcado por él. Otras veces uno nace en sus cerros, pero lo deja, y aun así se lo lleva consigo como una forma íntima de mirar el mundo. Valparaíso pertenece tanto a quienes permanecen como a quienes se van, porque también vive en el recuerdo, en la música, en los gestos compartidos y en esa manera particular de celebrar la vida frente al mar.
Desde este primer registro visible del cine chileno, recuperado para la memoria contemporánea, vuelve a aparecer una certeza sencilla y profunda: la ciudad se vive y se celebra. En este caso, desde la proximidad del baile, desde la música que convoca, desde los pañuelos al viento y desde las miradas dudosas ante el siguiente movimiento. Tal vez la cueca viene con nosotros desde la cuna, o tal vez nos abraza de improviso en una invitación inesperada. Pero cuando nos integra, cuando nos conmueve, ya forma parte de nuestro mundo: un mundo nuevo y antiguo a la vez, reunido en la alegría de vivir.
Video aquí:
https://www.cclm.cl/cineteca-online/paseo-a-playa-ancha/

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